lunes, 10 de mayo de 2010

Homo femina lupus.

Y Dios dijo, "¡hágase la luz!" Y la prosa comenzó a hacerse rápida. Y dejó de escucharse la filosofía del flautista. Y el viento dejó de susurrar para empezar a tronar. Y ella está a un paso de comprar su escalera.
Iguales somos todas. Eso ya lo decía Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¿Mujer irritante? ¿Mujer crispante? ¿Mujer fresca? No. Mujer real. Toda una jacobina. Decían los peritos aquello de "... lots of people talk and few of them know, soul of a woman was created below", y contestaría nuestra amiga: "lícito, ¿y qué?" para después correr hacia arriba. Usando el masculino de la palabra "todas" me queda otra afirmación igual de noble, con más fuerza aún. Iguales son todos. Iguales somos todos. ¿Buscar lo que hace especiales a las personas? ¿Escudriñar en la individualidad? ¿Alejarse de lo universal, lo abstracto? ¿Para qué? ¿Para limitarse a contemplar lo ficticio? ¿Para intentar tocar una Idea mientras encarno un cuerpo humano? N'est pas possible. Lo que hace de una parte de la masa algo (alguien) original siempre se vuelve en contra. O, directamente, es mentira. Como todo. Mentira es todo. Tanto el montón como la escasez no son más que una maldita sarta de fábulas que, como todas somos iguales, creemos. Una y otra vez. Ni siquiera nos dejamos influenciar por la literatura barata y la globalización de la orbe yankee para aprender de nuestros errores. No. Eso a nosotras no nos va. Por eso lo sublime, lo solo, nos destruye. No el dolor que eso provoca. No. Lo que destruye no es el dolor, es la esperanza. Y si esto es así, y me importa lo mismo que el destino de un paquete de tabaco vacío que quien lea esto piense lo contrario, no voy a dejar de ser como todas. Ni quiero ni puedo. Pero sí voy a tomar el camino de aquellas que comprenden su situación; de aquellas cuyo marido ha muerto de un tiro en la vegija y su amante ha cogido un tren a Madrid escapando de la justicia por ser él el pistolero. Pero con una diferencia: yo no voy a ir a confesar, no quiero que me cojan del cuello y me zarandeen. No quiero sentir en los labios el vientre viscoso de un sapo. Yo no me voy a volver a encomedar a lo especial, porque detrás de ello no se esconde más que zafiedad, vulgaridad, maldad, ordinariez, espadas, pistolas, falsas sonrisas, falsas palabras. Mentiras. La estupidez humana, de la que todos somos tributarios, yo la primera, al fin y al cabo.

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