En todo hay algo más de lo que se aprecia a simple vista. Por ejemplo, la luz. ¡Cuánto puede llegar a influir la luz en nuestro estado emocional! El fantasma del rey Hamlet no se manifiesta a su hijo a la hora de la merienda, ni Catulo le escribe a Lesbia que se amen olvidando los rumores de los ancianos entre cientos y miles de besos a las diez de la mañana. Lo hacían a la luz de la luna. No hablo de romanticismo, no creo en eso. Fiedrich en 1818 pintó al "Viajero frente al mar de niebla" y a partir de ahí fue Hollywood quien se encargó de mercantilizar el romanticismo. Esa pequeña libertad a la que, concluyo, se refieren los "románticos" se encuentra en otras muchísimas cosas, no en historias de prostitutas que acaban en manos de ricos terratenientes enamorados sin a penas haber cruzado dos palabras.
No nos desviemos del tema. Hablábamos de la luz. Es más fácil expresarse cuando la luz es tenue, suave, delicada o, incluso, inexistente. Cuando el único foco de luz proviene de una estrella, de una pequeña lamparita o de una polis escalonada en miniatura, se abre la mente. Pintaba Caravaggio la muerte de la Virgen y era de noche, al igual que ese San Mateo y el ángel sensual y descalzo (lo que viene a ser censurado). La irlandesa bella de Coubert también se avergüenza de su cabellera rojiza en la noche y Goya nos demuestra cómo el sueño de la razón produce monstruos durante la penumbra.
La noche nos deslumbra.
Pero también en la oscuridad aparecen fantasmas, es su hábitat. La oscuridad hace que brillen, los hace visibles al ojo humano, es como si las correcciones ópticas del Partenón se destruyeran a la luz del sol (me pregunto si esto convierte a Ictínos y a Calícrates en vampiros).
La curiosidad puede conmigo. ¿Por qué la luz influye en la circunstancia? Me atrevería a decir que por tradición histórica, pero ¿por qué lo hicieron así los que iniciaron esa tradición histórica? No debe andar por ahí la respuesta.
No ver hace que no te vea. Que no vea los gestos de quien está junto a mí. Gestos juzgadores, de desaprobación. Así da gusto. Así sí que puedo hablar abiertamente, expresarme. Como ahora. Es de noche. Son las 22:47 del Sábado 5 de Septiembre, y escribo ahora. No por la mañana ni a las 8 de la tarde. Escribo ahora. Cuando se trata de sentimientos tengo que escribir durante la noche. A esa hora me asaltan los fantasmas, pero también contraataca el espíritu.
Mi trabajo es la ley. Soy una estudiante de Derecho que cada curso que asciende tiene más miedo. Una estudiante de Derecho que se resigna a observar cómo el tiempo pasa cada vez más rápido, que lo que ayer era 1º hoy es 3º y mañana será 5º; pero, a la vez, como no pasa el tiempo, como esto no se acaba ; porque quiero acabar ya, estudiar una carrera es como subir una escalera, y, tratándose de Derecho, una escalera en la que portas tomos y tomos que te hacen perder el equilibrio. ¡Es complicadísimo subir una escalera con las manos ocupadas por Códigos y Leyes! Se hace muy difícil. Y eso asusta, asusta porque estudio en la selva, estudiar Derecho es una selva, una guerra constante en la que cada día te rozan las balas más cerca de las orejas. ¡Hay veces que hasta hacen que se mueva el pelo!
Es la noche lo que enciende mi espíritu, la que me hace libre.
No nos desviemos del tema. Hablábamos de la luz. Es más fácil expresarse cuando la luz es tenue, suave, delicada o, incluso, inexistente. Cuando el único foco de luz proviene de una estrella, de una pequeña lamparita o de una polis escalonada en miniatura, se abre la mente. Pintaba Caravaggio la muerte de la Virgen y era de noche, al igual que ese San Mateo y el ángel sensual y descalzo (lo que viene a ser censurado). La irlandesa bella de Coubert también se avergüenza de su cabellera rojiza en la noche y Goya nos demuestra cómo el sueño de la razón produce monstruos durante la penumbra.
La noche nos deslumbra.
Pero también en la oscuridad aparecen fantasmas, es su hábitat. La oscuridad hace que brillen, los hace visibles al ojo humano, es como si las correcciones ópticas del Partenón se destruyeran a la luz del sol (me pregunto si esto convierte a Ictínos y a Calícrates en vampiros).
La curiosidad puede conmigo. ¿Por qué la luz influye en la circunstancia? Me atrevería a decir que por tradición histórica, pero ¿por qué lo hicieron así los que iniciaron esa tradición histórica? No debe andar por ahí la respuesta.
No ver hace que no te vea. Que no vea los gestos de quien está junto a mí. Gestos juzgadores, de desaprobación. Así da gusto. Así sí que puedo hablar abiertamente, expresarme. Como ahora. Es de noche. Son las 22:47 del Sábado 5 de Septiembre, y escribo ahora. No por la mañana ni a las 8 de la tarde. Escribo ahora. Cuando se trata de sentimientos tengo que escribir durante la noche. A esa hora me asaltan los fantasmas, pero también contraataca el espíritu.
Mi trabajo es la ley. Soy una estudiante de Derecho que cada curso que asciende tiene más miedo. Una estudiante de Derecho que se resigna a observar cómo el tiempo pasa cada vez más rápido, que lo que ayer era 1º hoy es 3º y mañana será 5º; pero, a la vez, como no pasa el tiempo, como esto no se acaba ; porque quiero acabar ya, estudiar una carrera es como subir una escalera, y, tratándose de Derecho, una escalera en la que portas tomos y tomos que te hacen perder el equilibrio. ¡Es complicadísimo subir una escalera con las manos ocupadas por Códigos y Leyes! Se hace muy difícil. Y eso asusta, asusta porque estudio en la selva, estudiar Derecho es una selva, una guerra constante en la que cada día te rozan las balas más cerca de las orejas. ¡Hay veces que hasta hacen que se mueva el pelo!
Es la noche lo que enciende mi espíritu, la que me hace libre.
No obstante no puedo vivir sin luz. No hay cosa que adore más en esta vida que ver la luz del atardecer en los primeros días de Primavera, mientras rezas porque no arranque a llover, que estar dentro del mar mientras la luz del sol se encarga de broncear los hombros.
La noche me deslumbra.
La noche me deslumbra.

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